BESTIARIO
(2026)
Toda cultura organiza su experiencia mediante relatos, símbolos y ceremonias. Los antiguos bestiarios no eran simples catálogos de animales extraordinarios; constituían una manera de comprender el mundo, donde cada criatura participaba de un orden simbólico más amplio.
Bestiario parte de esa tradición, pero desplaza su sentido. Las pinturas no ilustran seres fantásticos ni reconstruyen mitologías existentes. Proponen fragmentos de una cosmología propia, donde cuerpos, paisajes y presencias participan de un mismo sistema de relaciones que nunca llega a revelarse por completo.
Las figuras aparecen inmersas en acciones cuyo significado permanece abierto. No asistimos a escenas narrativas, sino a ceremonias. Cada gesto, cada encuentro y cada silencio parecen responder a un rito anterior a toda explicación, como si las imágenes conservaran la memoria de un mundo cuyas reglas solo pueden intuirse.
La pintura se convierte así en el lugar donde esa cosmología comienza a manifestarse. Las veladuras, las emulsiones y la superposición de capas no buscan únicamente construir una atmósfera, sino permitir que las formas emerjan lentamente desde la materia, conservando la incertidumbre propia de aquello que todavía está siendo revelado.
Más que representar criaturas, Bestiario intenta hacer visible una forma de habitar el mundo. Cada obra funciona como el vestigio de una ceremonia cuyo origen desconocemos y cuya totalidad nunca llegamos a contemplar.

La criatura
Las criaturas de este bestiario no pertenecen a ninguna clasificación. No son monstruos en el sentido tradicional ni híbridos concebidos para provocar extrañeza. Habitan un territorio donde las diferencias entre humano, animal y paisaje dejan de funcionar como categorías estables. Lo extraordinario no reside en su apariencia, sino en la forma en que ocupan el mundo.


El territorio
Toda cosmología necesita un paisaje. No como escenario, sino como una materia compartida por todas las formas de vida. En estas pinturas la tierra, el agua, la vegetación y los cuerpos participan de un mismo proceso de transformación. Ningún elemento ocupa una posición privilegiada; todos parecen responder a una misma respiración.

La ofrenda
Toda pintura implica una entrega. La materia se acumula, se cubre, se desgasta y vuelve a aparecer. Las veladuras y emulsiones conservan el recuerdo de decisiones anteriores, permitiendo que cada superficie mantenga la memoria de su propio proceso. La imagen no surge de una única afirmación, sino de una sucesión de renuncias. En ese sentido, pintar también constituye una forma de ofrenda.

El manuscrito incompleto
Quizá ningún bestiario pueda escribirse por completo. Cada nueva criatura modifica el sentido de las anteriores y amplía los límites del mundo al que pertenece. Estas pinturas no pretenden constituir un sistema cerrado, sino fragmentos de un manuscrito siempre incompleto, donde cada obra funciona como una página recuperada de una tradición imaginaria que continúa escribiéndose.
