BESTIARIO

(2025-       )

Toda cultura organiza su experiencia mediante relatos, símbolos y ceremonias. Los antiguos bestiarios no eran simples catálogos de animales extraordinarios; constituían una manera de comprender el mundo, donde cada criatura participaba de un orden simbólico más amplio.
Bestiario parte de esa tradición, pero desplaza su sentido. Las pinturas no ilustran seres fantásticos ni reconstruyen mitologías existentes. Proponen fragmentos de una cosmología propia, donde cuerpos, paisajes y presencias participan de un mismo sistema de relaciones que nunca llega a revelarse por completo.
Las figuras aparecen inmersas en acciones cuyo significado permanece abierto. No asistimos a escenas narrativas, sino a ceremonias. Cada gesto, cada encuentro y cada silencio parecen responder a un rito anterior a toda explicación, como si las imágenes conservaran la memoria de un mundo cuyas reglas solo pueden intuirse.
La pintura se convierte así en el lugar donde esa cosmología comienza a manifestarse. Las veladuras, las emulsiones y la superposición de capas no buscan únicamente construir una atmósfera, sino permitir que las formas emerjan lentamente desde la materia, conservando la incertidumbre propia de aquello que todavía está siendo revelado.
Más que representar criaturas, Bestiario intenta hacer visible una forma de habitar el mundo. Cada obra funciona como el vestigio de una ceremonia cuyo origen desconocemos y cuya totalidad nunca llegamos a contemplar.



La criatura

Las criaturas de este bestiario no pertenecen a ninguna clasificación. No son monstruos en el sentido tradicional ni híbridos concebidos para provocar extrañeza. Habitan un territorio donde las diferencias entre humano, animal y paisaje dejan de funcionar como categorías estables. Lo extraordinario no reside en su apariencia, sino en la forma en que ocupan el mundo.